Un viaje con la luz y el tiempo

¿Cómo era aquella cita de Lewis Hine?…., “La fotografía es el documento humano que siempre mantendrá al presente y al futuro en contacto con el pasado.”

Cada día es más difícil hacer fotografía de calle, fotos a desconocidos. El motivo es que tenemos miedo porque nos han contado que vamos a perder nuestra intimidad. En realidad no somos conscientes (más bien no los queremos ser) que de manera involuntaria nos exponemos más, perdemos esa presunta privacidad sin pensar demasiado en ello en las redes sociales, en páginas web, en tiendas online. Damos todos nuestros datos que obtener algo “gratis” que nos interesa, sin querer asumir que al navegar, una base de datos monitoriza qué noticias leemos, cuáles son nuestros gustos, nuestras aficiones, nuestras perversiones, quiénes nuestros amigos, cuándo y cuánto hablamos con ellos, por dónde nos movemos, dónde paramos a tomar algo, qué compramos… y lo mejor de todo, es que lo hacemos de manera voluntaria, simplemente por tener un Smartphone, hacer uso de la red y darle a un botón virtual que nos señala que tenemos que “aceptar” lo que sea.  Ese sencillo gesto nos convierte en el producto que está en venta, y lo mejor es que así, sí estamos dispuestos a perder nuestra intimidad. 

Eso no es todo. De un modo más involuntario, sin pedirnos que pulsemos ningún botón de aceptar, cientos de cámaras nos vigilan en pro de nuestra “seguridad”. Somos constantemente filmados, en cualquier lugar. Cámaras de ayuntamientos, metro, autobuses, bancos, bares, tiendas…  En ocasiones si somos un poco observadores, veremos que hay lugares donde una placa nos menciona que estamos siendo vigilados bajo el amparo de tal o cual ley, pero lo cierto es que no controlamos absolutamente nada de quién hace qué con todas esas filmaciones. En nuestra ignorancia queremos suponer que por el volumen, se ha borrar de un modo más o menos rápido, pero no deja de ser una suposición y realmente desconocemos qué información se extrae de ahí y qué se hace con ella (que se lo pregunten a alguna política). Dejaremos para otro día los cientos de miles de teléfonos grabando por la calle a diestro y siniestro, o las cámaras de televisión… A estas alturas te estarás preguntando qué tiene esto que ver con la fotografía, y ahí viene la paradoja. Aún siendo conscientes de la existencia de todas esas cámaras, vamos por la calle, un fotógrafo dispara su cámara, a un metro de distancia, sin esconderse, y reaccionamos mal ¡¡¡¡No me has pedido permiso!!!!. Nos indignamos. ¿Para qué quieres esa foto?, ¿por qué me fotografías a mi? y en ocasiones, en lugar de acercarnos y preguntarle al fotógrafo, nos enfadamos, nos acordamos de su familia, e incluso llegado el caso, nos ponemos violentos. Y como único argumento, apelamos a nuestro derecho a la intimidad. 

Estamos perdiendo la fotografía de calle, o una parte importante de ella, al menos como ya la entiendo. Observo que de un tiempo a esta parte, los propios fotógrafos empezamos a autocensurarnos. Oímos aquello de “eso ya está hecho” cuando lo cierto es que la fotografía que siempre interesa al ser humano, es aquella en la que aparece otro ser humano. No es casualidad que en una de las primeras fotografías de la historia, cuando descubres una pequeña figura humana que apoya una pierna en un banco, de repente se convierte en el gran protagonista de esa fotografía. Y sin embargo es una parte muy pequeña del todo. Queremos no tener problemas con los editores, queremos no tener problemas en los concursos, … bueno, es igual, yo no quería hablar de esto, pero sí de que perdemos la fotografía de calle y con ella esa otra capa de valor. Me refiero a que el tiempo hace que lo que en un principio es solo un retrato callejero sin mayor justificación aparente, el tiempo hace que se convierta en un documento, en fotografía documental.

La serie de este número de Underexpose va de eso, de la magia de la luz, pero también del tiempo, tanto como materia prima del medio, de cómo se establece esa conexión que nos citaba Hine del presente y futuro con el pasado. Podemos ver cómo eran las cosas tan solo hace unos meses, un año, diez o cien y por comparación, conectarlo con nuestro presente… ojalá lleguemos a un punto de madurez en el que la fotografía nos vuelva a reconectar con el futuro y recuperemos la normalidad en la calle.

A journey through light and time.

How did that Lewis Hine line go? “(Photographers are) the human document to keep the present and the future in touch with the past”.

Every day it becomes more difficult to do street photography: to photograph strangers. The reason is that we are fearful of losing our privacy; it’s something we are constantly reminded of. We remain unaware (or rather we prefer not to be aware) of the involuntary ways in which we give more of ourselves away each day, losing this vaunted privacy without thinking a great deal about how it really plays out on social media, webpages and online shopping platforms. We freely surrender our personal details to get that ‘free’ offer without stopping to reflect on how our browsing habits are processed through a database that monitors the news we read, our tastes, our hobbies, our perversions, who are friends are, how often we speak to them, where we are in space and time, the places we stop for a drink, the things we buy…and, most amusingly, we do it all voluntarily – by simply owning a smartphone, using a network or hitting  the “accept” button. In that way we ourselves become a product up sale, more than ready to give up our privacy.

That’s not the half of it. In a less than voluntary way, without having to push any little buttons, we are observed daily by hundreds of cameras for what we are told is our own “safety”. Everywhere we go we are filmed continually. Cameras belonging to local authorities, on the metro, on buses, in banks and bars and shops…if we take the trouble to be a little more observant, we may find a notice telling us we are being filmed under such and such a law but it’s clear we have no control over what happens to those recordings. In our ignorance we might conclude that many – for reasons of space saving – are promptly wiped – but, in fact, we have no idea what they are really used for and what information is gleaned from them.  Try asking a politician about that. 

We’ll leave aside the hundreds of thousands of privately owned cameras filming right, left and centre on any given day; television cameras too. By now you might reasonably be wondering what this has to do with photography and here’s the paradox: though we all know of the existence of all these cameras, if a photographer takes a photo of you from one metre away without bothering to do it on the sly, we may react badly. You don’t have my permission! We get upset. What do you want my photo for? Why me? And sometimes, instead of going up and simply asking the photographer, we get angry, make remarks about his or her parentage and even on occasion, turn violent. The only argument given concerns our right to privacy.

Street photography is becoming lost to us; or an important part of it a least, that’s how it seems to me. I’ve noticed how among photographers themselves a kind of self-censorship now operates. We hear the cry “it’s been done before” even while the kind of photography which remains of primary interest to human beings, is precisely that in which another human being is present. It’s no accident that in one of the earliest photographs ever taken, when you notice the tiny, stooping human figure next to a bench, this little blur immediately becomes our focus of attention. Even though he takes up a tiny portion of the whole. We don’t wish to have problems with editors, or to have problems when submitting to competitions…. Well, no matter, I didn’t intend to speak about all this, only the fact that aspects of street photography are in danger of becoming lost and something else along with them. I’m referring here to what time can do to what in the first instance may simply be a street portrait without any other pretension; time however will reveal it to be a document, a photographic document.

That is what this series in UnderExpose is concerned with: the magic of light; but also, of time, the medium’s raw material, in the way it establishes a connection with what Hine meant when he spoke of present, future and past. We are able to see the way things were just a few months ago, one year ago, ten or one hundred years ago and, by way of comparison, connect them to our present…I hope we reach a point of maturity whereby photography reconnects with the future in such a way we can recover and re-engage with the normality of the street.

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