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Nunca fue de los nuestros - Manuela Lorente

Texto de Héctor López Gamero

De pronto la oscuridad cayó a plomo en los bajos, mientras los gritos sonaban al compás de fogonazos de luces azules y rojas a la vez que las corbatas y acreditaciones, bailaban como si de una coreografía se tratase retransmitida en directo por los walkitalkies.

Me desperté de un salto del sofá. Olía a pelo quemado, pero aún tenía el pitillo entre los dedos. Cualquier día este zulo acabará ardiendo. Quizá sea la única manera de que el ruin del casero le dé una mano de pintura a este cuchitril.

Subí el volumen del televisor. En el canal 24 horas un psicoanalista de pacotilla aseguraba que la causa que ha llevado a este individuo a ejecutar estos asesinatos han sido las miserias de los bajos fondos de la ciudad. Lo que este loquero no sabe, es la cantidad de miserias que puedes vivir allá arriba, en la superficie. Concretamente en la planta 33.

Le di otro bocado al sándwich antes de guardarlo de nuevo en la bolsa. Me metía la camisa por dentro, ajusté el cinturón, me puse los zapatos sin necesidad de desabrocharlos y salí pitando.

La zona estaba aún balizada, pero se podía ver restos de sangre mezclados con algo parecido a vómito que bien podrían ser vísceras. Si no fuera porque este olor nauseabundo de los bajos me resulta tan familiar, echaría la papilla aquí mismo.

Por las camisetas de futbol de algunos idiotas supuse que era día de partido importante, pero aun así en la oficina no se hablaba de otra cosa que de los asesinatos. Los más veteranos sostenían, como si de una historia de la mili se tratase, que no era la primera vez que ocurría. Sin embargo, yo siempre pensé que no era más que una leyenda alimentada por los vigilantes nocturnos para atemorizar a la salida a los nuevos becarios como a chicos en la fogata de un campamento.

Tras varias semanas de multitud de policías de paisano que no engañaban a nadie y de discotecas cerradas, todo parecía volver a la normalidad. Un día, de vuelta a casa, me crucé de camino con uno de los peces gordos.

  • Eh!!! – Me dijo gritando. Estoy seguro de que llamó mi atención con tal berrido porque es de los que no se molesta en aprenderse tu nombre de pila. – ¿Te has enterado?
  • ¿Cómo? – Le hice entender moviendo todos los músculos de las cejas pero ninguno de mi boca.
  • ¡Sí, hombre! ¡Lo han cogido! – Permanecí inmóvil. – Han pillado al asesino de Azca. Al parecer el tipo mató a doce personas, las descuartizó y se las comió.
  • Bueno, es otro tipo de dieta … ¿Quién era? – Comenté volviéndome a poner en marcha.
  • Paco, el contable. La verdad es que no me extraña nada. Era un tipo muy extraño.
  • No lo conozco – Dije sin prestarle mucha atención.
  • ¡Bah!, normal. Nunca fue de los nuestros.

De pronto la oscuridad cayó a plomo en los bajos mientras los gritos volvieron a sonar en mi cabeza…

Fotografía Manuela Lorente. Texto: Héctor López Gamero.

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