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Atarazana y Cercanías por Víctor Gualda

Veintitantos años después de irme de Málaga, en verano siempre me escapo a pasar un par de semanas de vacaciones. Allí me siento en casa, liberado de obligaciones y responsabilidades. Quedo con Rafa, amigo desde los siete años y vamos a la playa, a comer pescaito frito, a tomar un zumo o un tercio en Pedregalejo, salgo por las noches a los bares de toda la vida, pero eso sí, por las mañanas me gusta perderme solo por el centro con mi cámara. La ciudad ha cambiado mucho a lo largo de los años. Ahora todo es más pulcro, más ordenado, más como un decorado en el que todo encaja a la perfección para que los giris (nada de turistas) disfruten de una ciudad con el encanto del clima y visitas programadas a sus recientes museos. Todo está preparado para que gasten el dinero con alegría, con el mejor servicio y la mayor de las sonrisas, aunque tengo que reconocer que mi recuerdo no tiene nada que ver con este escenario de postal. 

Málaga en algún momento, antes de la explosión turística que no se produjo como en la costa oeste de la ciudad en los setenta sino muchos años después, tenía una identidad propia. Cerca del mercado, donde ahora hay una amplia plaza con su lujosa cofradía, infinidad de apartamentos turísticos y bares con terrazas para modernos, hubo un tiempo en el que había un barrio donde los camellos y buscavidas “trabajaban” bajo la atenta mirada de las prostitutas. Los pescadores que vendían chanquetes o boquerones de la Caleta, los que vendían “la rápida” que era una especie de cupón clandestino que iba con los números de la once del día y los que trapicheaban con tabaco o hachís en el puerto y se mezclaban entre las amas de casa gordas y tostadas con vestidos de estampados imposibles. Para mi todo aquello era lo que representaba a un pueblo de pescadores y no los trasatlánticos que aparcan ahora en el muelle uno y de los que baja una manada informe que consume en las tiendas habilitadas para ellos, comen en franquicias multinacionales, se hacen un selfie y se vuelven a largar por donde han venido. 

Así que la serie que presento en este número de Underexpose es mi búsqueda de la identidad de mis recuerdos en Atarazanas y alrededores, de toda esa gente que se sigue ganando la vida como puede o como sabe, intentando sobrevivir pero que son más auténticos y representan más a Málaga que Picasso… El callejón donde tomaba de pequeño churros con mis padres, el limpiabotas que apenas puede andar, pero que te lo llevarías a casa de lo buena gente que es, los tenderos de toda la vida rodeados de grupos de giris rubias con minishort, los paisanos fumando en la puerta de la Casa del Guardia, un habitual de un bareto de toda la vida enfrente del mercado en camiseta interior como si estuviera en su casa, los buscavidas que esperan sentados en un carrito a que les llamen de algún puesto para limpiar pescado o venden caracoles ilegalmente a cambio de unas monedas, el guitarrista desdentado que regala todo su arte, la señora que ofrece huevos en la puerta de Atarazanas a buen precio, o la que descansa sentada cada veinte minutos con una coca cola light, porque tiene más de setenta años y sigue trabajando en un puesto aunque apenas puede estar de pie, o cómo no, el vendedor de biznagas pinchadas en una chumbera cuyo olor me sigue trasladando a la infancia.

Habrá gente que conozca la ciudad y viendo esta serie, que en realidad es una selección entre unas doscientas fotos hechas los dos últimos veranos en mitad de la pandemia, pueda pensar que es costumbrista o que no representa a Málaga porque esta ciudad es su Semana Santa, su feria, sus playas, sus espetos de sardinas en los chiringuitos… y mil cosas más. Probablemente tienen razón, pero ese mercado y su gente, para los que nos hemos criado allí, es también parte de nuestra identidad y poco a poco se está perdiendo, por eso no quiero dejar pasar la oportunidad de publicarla porque al verla me recuerda que fuimos muy felices en la calle. Lo único que me da pena es la cantidad de personajes que se quedan fuera del papel, pero lo que no se van a quedar nunca es fuera de mi memoria. 

Víctor Gualda

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